¿En qué consiste la tan extendida empatía?

Hoy hablaré de la empatía, gran parte del contenido de este artículo ha sido extraído del libro “La empatía. Entenderla para entender a los demás” de Luis Moya Albiol. ¡Recomendado!

La empatía es un término muy utilizado en los últimos tiempos, usamos este término para referirnos a muchos ámbitos, el novio o la novia, el jefe o jefa, los padres y las madres, los amigos y las amigas, etc. En principio, todos sabemos a qué nos referimos cuando lo nombramos o escuchamos, pero a veces, los psicólogos vemos en consulta que existe confusión en su significado.
La empatía consiste en ponerse en el lugar de los demás, tanto desde el mundo de las ideas como desde el mundo de las emociones, es decir, qué pensamos que piensa el otro teniendo en cuenta su forma de pensar y de interpretar, y cómo nos sentimos ante lo que les ocurre. La empatía se refiere a ponerse en el lugar del otro pensando y sintiendo como él piensa y siente. No se trata de entender al otro desde nuestra forma de entender el mundo, sino de entenderle desde la suya, es una diferencia sutil, pero es enormemente relevante. Cada uno tiene sus esquemas o mapas mentales como decía en otro post, por lo tanto cada uno piensa y siente un mismo suceso de forma distinta, si tratamos de entender al otro pensando desde nuestro esquema puede que no lleguemos a comprenderle, por lo que puede que no le seamos de ayuda ni aunque quisiéramos hacerlo.
La empatía, nos caracteriza por naturaleza, lo seres humanos lo somos en mayor o menor medida, nacemos con una predisposición biológica a serlo. La diferencia en el grado de empatía entre personas, la encontramos en las experiencias vividas y el ambiente en el que nos desarrollamos, en todos los hogares no reina la libertad para expresar las emociones, los sentimientos y los pensamientos, por lo tanto, existen diferencias en el desarrollo de la empatía entre unas personas y otras.

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Si nos cuesta poner nombre y entender lo que nosotros mismos sentimos, no hablemos de lo complicado que puede ser entonces entender a los otros. La buena noticia es que del mismo modo que podemos aprender a comprendernos y a cambiar, podemos aprender a comprender mejor y más a los demás, (si uno quiere…, claro…).
En cualquier caso, decía que tenemos una predisposición biológica, y lo afirmamos por los datos de investigaciones científicas de neurociencia y por la observación de la conducta de las personas. En general, tendemos a angustiarnos ante el dolor de otras personas, y actuamos para tratar de terminar con lo que les causa ese dolor, intentamos buscar soluciones a sus males. Esta conducta, en ocasiones la llevamos a cabo incluso si realizarla implica un riesgo para nosotros mismos. Por ejemplo, si vamos por la calle y un niño se escapa tras el balón hacia la carretera, correríamos tras él, incluso con el riesgo de ser atropellados; si estamos en la playa o en la piscina, y vemos a alguien que se ahoga, iríamos a socorrerle, incluso con el riesgo de ahogarnos nosotros; si vemos a alguien pegando a otro en la calle, “normalmente” tratamos de separarles o de poner fin a la discusión, incluso aunque puedan agredirnos a nosotros, etc. Aunque ayudar a otro y evitar su dolor implique riesgos para nosotros mismos, tendemos a responder de forma natural de forma empática y protectora.
El primer uso de la palabra empatía fue en el 1873, en la tesis doctoral de Robert Vischer (1847-1933) con el término alemán Einfühlung, «sentirse dentro de». Theodore Lips (1851-1914) promovió el término resaltando la imitación que algunas personas hacen de otras. Según su teoría de la compenetración, la percepción de la emoción de otra persona despierta en nosotros los mismos sentimientos.
En muchas situaciones nos contagiamos de las emociones de las personas que nos rodean, tanto de las buenas como de las malas, si nos dice una persona querida que ha encontrado un empleo, que ha conocido a una persona que la hace feliz, o que va a ser padre, por ejemplo, solemos alegrarnos, su felicidad nos llega e incluso nos brota como si fuese nuestra, por otra parte, también ocurre en las situaciones de dolor, por ejemplo si nos dicen que han perdido el empleo o que ha fallecido alguien a quién querían, esas noticias nos contagian su dolor y sufrimiento. Ese contagio lo vemos claramente ante emociones, pero no es preciso que exista emoción para que el contagio tenga lugar, las expresiones y los actos reflejos también se contagian, lo vemos fácilmente en el «reflejo de bostezo», cuando alguien bosteza, nos entran unas ganas de bostezar que no podemos evitar.
«El contagio emocional no lleva necesariamente a la empatía, aunque podríamos decir que es su antesala.»
Para comprender qué ocurre cuando se produce el contagio emocional, los investigadores han explorado qué áreas cerebrales y qué neuronas están implicadas. De esas investigaciones se descubrieron las «neuronas espejo», neuronas que se activan al observar la conducta o emociones de los otros, son neuronas que reflejan lo que observan, se comportan como un espejo. Se ha descubierto que en las personas más empáticas, las neuronas espejo se activan con mayor intensidad. Lo curioso de estas neuronas, es que influyen en nuestro día a día, si nuestro entorno se siente mal y lo transmite, nos contagia, y si se sienten bien, nos contagian también la positividad.
La empatía tiene enormes beneficios, tanto para nosotros mismos, como para las personas que nos rodean. Ser empáticos nos hace más humanos, nos permite entendernos mejor, comprender más nuestras emociones y nuestra manera de responder ante las experiencias del día a día, nos humaniza y nos conecta con los otros. Por otra parte, vivir al lado de alguien empático, implica sentirse escuchado y entendido, implica poder charlar con libertad sin sentirse juzgado, y nos ofrece calma porque sabemos que querrán ayudarnos y estar en mejor condición para hacerlo.

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