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¿Enfadarse con cualquiera y por cualquier cosa? ¿Para qué?

By | Inteligencia emocional | No Comments

Este fin de semana tuve un encontronazo con un taxista, (quede claro que mi opinión de los taxistas es buena, como la de los demás seres humanos). Bien, yo iba conduciendo con mi moto cuando él decidió cambiar de carril hacia el mío sin más, sí, puso el intermitente, pero eso no hace que pudieses cambiar de carril sin valorar al resto de conductores, la velocidad de ellos, que si cambiaba de carril yo concretamente podía tener un accidente con él…
En el semáforo bajó la ventanilla y enfadado me empezó a culpar, “¿No has visto el intermitente? yo voy por delante de ti…. Bien, la cosa es que él estaba en su enfado y yo en mi calma de sábado por la mañana, ni por asomo le iba a permitir alterar mi calma, eso seguro. Al fin y al cabo, no sé ni su nombre, ¿para qué le voy a dar a un desconocido total el poder de alterar mi estado emocional y mi día? ¿Qué sentido tiene eso?
Le contesté automáticamente que lo sentía mucho, (vi claramente que mi intención no era tener un sábado por la mañana de discusión con un desconocido y que esa discusión con él no me iba a llevar a ningún sitio que no fuese la discusión absurda y el enfado, él quería tener la razón). 


Todo y pedirle disculpas me dijo: ¡No! Disculpas no! Es que tienes que fijarte…. Y dije: Perdóneme pero no puedo hacer más que lo que he hecho que es pedirle disculpas. La verdad es que ahí se calmó y me hizo un gesto con la mano en son de paz, el semáforo se puso en verde y yo seguí con mi sábado de relax contenta de mi respuesta y de haber priorizado mi meta por encima de la meta de un desconocido.
¿Para qué enfadarme con él? ¿Para qué alterar mi sábado?
¿Para qué enfadarme en general?
¿Qué es lo que logras después de cargar la culpa a otro?
Pocas veces nos enfadamos en el momento adecuado, con la persona adecuada y en la intensidad adecuada, en general si nos enfadamos a menudo es porque algo tenemos que resolver en nuestro interior que otros por desgracia pagan de más, (y nosotros mismos también, sin duda).
Hay que empezar a trabajar esto del enfado, el cómo gestionarlo y sobre todo es útil empezar por entender que el mayor afectado es uno mismo y que para estar contentos con nosotros mismos deberemos empezar por estar contentos también con lo que hacemos.

Por no parecer desagradables se nos va llenando la vida de personas que nos sobran

By | Inteligencia emocional | No Comments

A veces nos pasa, suena un poco brusco, lo sé, pero la realidad es que ocurre más veces de las que nos gustaría.
“Es que me sabe mal”, “Es que, ¿cómo voy a decírselo?”, “Es que, ¿y si le sienta mal?”, “Es que no puedo no ir”, “Es que no puedo decir que no”, “Es que…”

Es verdad que hay veces que no nos queda más que adaptarnos a personas que no nos gustan demasiado, es verdad que a veces no podemos elegir del todo quién sí y quién no está en nuestro día a día, casos como: el jefe, el/la suegro/a, el/la cuñado/a, el/la mejor amigo/a de la pareja, el/la vecino/a, algún/a compañero/a de trabajo…, de un modo u otro, nos guste más o menos, con estas personas tendremos que aprender a convivir. (Cogido con pinzas esto que acabo de decir, porque si realmente las conductas de esas personas son terribles, no sólo visto por mi sino que es verdaderamente objetivo que su conducta es negativa, entonces quizás no hace falta en absoluto plantearse esa obligatoriedad de convivencia). 


Bien, decía… Hay personas con las que por placer o no, aprenderemos a convivir por nuestra salud mental, pero en cambio hay otras que a día de hoy su presencia en nuestra vida ha perdido todo el sentido posible para nosotros, y que a demás no sólo no nos suman sino que además nos restan totalmente. No importa cuánto de importantes fueron en el pasado, (antes, cuando eramos súper parecidos, antes, cuando no había un abismo entre ella y yo…), la cuestión es que si a día de hoy nada me uno y todo me separa, ¿por qué sigo queriendo mantenerme ahí?, ¿por qué sigo manteniendo ese contacto si cada vez que lo tengo la resaca es mayor? La pregunta del millón evidentemente es: ¿PARA QUÉ?, ¿para qué seguir priorizando a personas que hoy en día no sólo no me aportan sino que además me chupan energía o me la contaminan? ¿Para qué regalar parte de mi escaso tiempo a alguien con quien ya no me aporta compartir?
¿PARA QUÉ?

Evidentemente a nadie nos gusta que nos aparten, del mismo modo que a nadie nos gusta apartar a personas y saber que les haremos sentir mal. Pero entonces, ¿cuál es el plan? ¿las cambiamos para que nos gusten mínimamente? ¿cambiamos nosotros, nos adaptamos a ellas?

Hay que aceptar que en la vida unos te amarán por unas cosas y otros te rechazarán justo por lo mismo, no podemos gustar a todos del mismo modo que no puede gustarnos todo el mundo, y no parece tener demasiado sentido que teniendo en cuenta que la vida es limitada, prioricemos a las personas que hoy no nos aportan y vayamos por la vida como regalando tiempo porque nos sobra, lo cierto es que no vamos muy sobrados ahí, hay que ser consciente de ello.

Consecuencias de no saber decir “no”

By | Autoestima, Inteligencia emocional | No Comments

Es verdad que cuando no decimos que no, cuando no decimos que no estamos de acuerdo o cuando no hacemos algo distinto de lo que se espera de nosotros y todo nuestro entorno está en calma, para nosotros eso supone un alivio.
Es cierto que a corto plazo ese callar o ceder nos resulta beneficioso, ahora bien, ¿Qué pasa a largo plazo cuando no somos asertivos? ¿Qué pasa cuando no ejercemos nuestro derecho a decir no?


– La primera y más importante de las consecuencias de no expresar lo que sentimos, pensamos o deseamos es que afecta a nuestra autoestima, se resiente. De primeras no nos tenemos en cuenta, no nos priorizamos y lo sabemos. Además de afectar a nuestra autoestima también sufrimos otras consecuencias:
Aumenta nuestro sentimiento de inferioridad, nos creemos cosas como que somos menos capaces.
Aumenta la probabilidad de que de pronto estallemos por acumulación y tengamos una reacción desmesurada ante una situación “normal”.
– Lleguemos a ser más duros con las personas a las que no queremos ni queríamos herir.
Más problemas interpersonales al no ser del todo sincero con las personas y éstas en realidad andar perdidas y no disponer de toda la información.
Ira o rencor “interior o exterior” hacia aquellas personas que “desde nuestro punto de vista” no nos permiten ser nosotros mismos, (aunque en verdad no sea así).
Sentimiento de insatisfacción. Al no expresar sus deseos y terminar haciendo sobre todo lo que otros desean o lo que se espera de ellos sienten que nunca hacen lo que en realidad querrían o les gustaría hacer.
Sentimiento de culpa (y como yo digo perlitas o incluso insultos potentes de nosotros mismos) que cargamos y que nos regalamos por no sentirnos capaces de hacer otra cosa. Fustigarse a base de bien.
Soledad emocional. Al final al no expresar la verdad nos sentimos mal pero nadie puede entendernos.
Malestar emocional: las personas que sienten que en general no se respetan, ni se priorizan, ni se garantizan cosas agradables suelen tener mayores niveles de irritabilidad, tristeza, desesperanza y/o ansiedad.

Por último, al estar siempre ahí muchas veces se tiende a abusar de esa situación y muchas personas nos exprimen demandando de nosotros el máximo sin ponerse en nuestro lugar.

Bien, parece que siempre decir que “no” agota, y tampoco es necesario, pero no decirlo nunca no parece tampoco que sea demasiado bueno. Habrá que plantearse hasta qué punto vivimos lo que queremos vivir o hasta qué punto dejamos que otros decidan nuestros pasos del día a día.

Centrifugar, el nuevo término para referirse a la rumiación

By | Inteligencia emocional | No Comments

Tengo una paciente muy maja de Madrid que llama a la rumiación centrifugar, me gusta la expresión porque lo cierto es que es un buen símil. Rumiar es como girar y girar en torno a unos mismos pensamientos, retorcer y retorcernos entre todo lo que hay en nuestro interior.
La verdad es que cualquier persona puede identificar algún momento de su vida en la que su conducta con respecto a sus pensamientos fuese la rumiación.

A menudo, cuando los pensamientos nos asaltan y nos avasallan nuestra conducta más habitual es la de “centrifugar”, lo que los psicólogos llamamos rumiar, obsesividad, mortificación, inquietud, taciturnidad, tener pensamientos circulares. Lo cierto es que esa es la conducta que nos han enseñado para gestionar nuestros pensamientos, pero no es demasiado adecuada porque no parece tener demasiados buenos resultados. En el lenguaje común rumiar muchas veces implica sopesar o reflexionar, lo que parece una buena forma de tener en cuenta aquello que nos preocupa. Para los psicólogos no es así.
La rumiación se refiere a la clase de pensamiento en la que uno se enfrasca en un pensamiento negativo, repetitivo, prolongado e inútil. Cuando no se piensa en el problema concreto o en las posibles soluciones existentes a nuestro alcance que podrían solucionarlo. Esta forma improductiva de rumiación no sirve de ayuda. Los pensamientos no paran de dar vueltas en nuestra cabeza, no resuelven nada y terminan haciéndonos sentir peor.
Podemos rumiar sobre muchas cosas: emociones negativas; problemas corrientes; acontecimientos estresantes del pasado; desastres futuros…los psicólogos identifican diversas clases de rumiación en las que los temas son diferentes, aunque el estilo de pensamiento siempre es el mismo en cada caso.

Las distintas clases de rumiación existentes son:
1- Rumiación sobre la tristeza y la depresión
– Pensamiento improductivo y repetitivo sobre los sentimientos de tristeza, melancolía y rechazo.
– Mortificarte por lo agotado y apático que te sientes y la causa de que te sientas mal.
– Ponerte nervioso por la terrible situación que sobrevendrá si sigues sintiéndote tan mal.
– Obsesionarte con preguntas sin una respuesta clara, como: “¿Qué he hecho para merecer esto?” o “¿Qué es lo que me pasa?”
2- Rumiación sobre la ira
– Darle vueltas a lo enfadado/a que estás y a la situación o acontecimiento que ha provocado tu enfado.
– Reproducir una y otra vez el incidente en tu cabeza.
– Obsesionarte por lo injusto de la situación y el mal comportamiento de los demás.
– Fantasear con la venganza.
– Tener repetidas discusiones mentales con personas.
3- Rumiación sobre desastres futuros
– Inquietarte por las desgracias que podrían ocurrisrte a ti o a tus seres queridos: enfermedades, accidentes, pérdida del trabajo, fracaso escolar, problemas económicos o de pareja u otras cosas.
– Preguntarte: “Y si…?” e imaginarte escenarios desastrosos a continuación (“Y si me despiden?”)
4- Rumiación sobre problemas actuales o acontecimientos pretéritos
– No parar de repetirte que el problema o suceso estresante fue completamente por tu culpa (aunque no lo fuera).
– Darle vueltas a la idea de que siempre te pasan este tipo de cosas, que eso va a arruinar tu vida y que no puedes afrontarlo.
5- Rumiación sobre las relaciones sociales
– Inquietarte u obsesionarte por tu conducta con los demás, no vayas a decir lo que no debes o parecer tonto u ofender a alguien.
– Reproducir la conversación o interacción en tu cabeza.
– Imaginar sin parar lo que deberías haber dicho o hecho.
– Ponerte nervioso/a por lo que los demás piensen de ti.

La rumiación es una trampa psicológica en la que podemos caer debido a los beneficios inmediatos y a la ilusión de que debería ser útil. Pero el precio es alto. Aunque sea muy perjudicial la ejercitamos. Existen diversos motivos para ello:

  • Creemos erróneamente que rumiar debería ayudarnos. Parece como si en realidad la rumiación nos invita a la resolución de problemas, pero no es así, empeora los estados de ánimo negativos, mina nuestra motivación para actuar de manera constructiva, aumenta la probabilidad de que hagamos cosas de las que luego nos arrepintamos, afecta a nuestra resolución de problemas y mantiene nuestro cuerpo en un malsano estado de tensión.
  • La rumiación proporciona una protección temporal frente a las emociones dolorosas. Cuando alguien ha hecho algo que hiere nuestros sentimientos, rumiar sobre lo mal que se ha comportado esa persona nos hace sentir furiosos, aunque la furia sea desagradable, nos distrae del dolor de nuestros sentimientos heridos.
  • La rumiación nos distrae de la conducta constructiva, aunque difícil. Imagina que eres responsable en parte del episodio en el que tus sentimientos fueron heridos. Quizá la otra parte no sea totalmente culpable. Para arreglar la relación, tal vez fuera necesario sacar el tema y hablar con la otra persona para disculparse o para cambiar de comportamiento. Esto puede resultar embarazoso y doloroso. Mientras permanezcas absorto en la rumiación, no tienes que afrontar la necesidad de hacer algo difícil.

Tenemos que escuchar a nuestra mente, sin duda, y muchas veces tendremos que detenernos a reflexionar y a ordenar nuestros pensamientos, pero es bueno no caer en la angustiosa e improductiva rumiación porque de ella sólo salimos más cansados, más liados aún que antes de empezar y con mayor sentimiento de malestar.
Si algo nos preocupa es bueno preguntarse cuál es el problema, si hoy existe, si hay algo más que nosotros podamos hacer y si es o no nuestro. Una vez identificado el problema ya podremos empezar a contemplar soluciones.

 

A. Baer. Ruth.(2014) Mindfulness para la felicidad. (pp.56-62) Barcelona. Ediciones Urano. 

El enfado

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Kassinove y Sukhodolsky (1195) definieron la agresividad como un estado emocional subjetivo.
Ese estado emocional subjetivo varía en intensidad, en duración y en frecuenciaAdemás, no todas las personas sienten los mismos cambios fisiológicos ni tienen las mismas respuestas conductuales, no todos reaccionan igual en una situación de enfado.
H.G.Bohn dice: “La agresividad comienza con la locura y acaba con el arrepentimiento“.
La mayoría de las personas que se enfadan no son conscientes de que su agresividad es exagerada, ni de que va más allá de lo considerado como “normal”.
Esto es importante, porque las personas que las rodean, a menudo también se enfadan o entristecen creyendo que lo hacen a consciencia y/o con mala intención, creen que podrían hacerlo de otro modo y que aún así les dan igual las consecuencias que sus comportamientos puedan tener en los demás. Esto no suele ser así.
Del mismo modo que las personas que se enfadan no suelen ser conscientes, (al menos no en un primer momento), de la desproporción de su respuesta, tampoco suelen conocer las consecuencias negativas a corto y largo plazo de su agresividad.
En la vida, hay más personas inhábiles que malvadas, con esto quiero decir que a menudo, las personas que responden con enfado lo hacen porque no saben cómo interpretar mejor las situaciones o porque no saben cómo gestionar mejor sus emociones, no conocen otro modo de responder más adecuado y sano para gozar de una buena opinión de sí mismos y/o de buenas relaciones con los demás.
 
¿Que no sepan cómo hacerlo mejor, quiere decir que haya que permitirlo todo? EN ABSOLUTO. 
No quiere decir que tengamos que permitir y disculpar cualquier conducta inadecuada, pero es importante por lo menos para nosotros y para las personas que se enfadan a menudo, que eliminemos la intención negativa en sus actos. No es lo mismo pensar que pretenden hacernos daños que pensar que nos han hecho daño sin querer.
Marco Aurelio decía: Cuanto más dolorosas son las consecuencias de la agresividad que sus causas. ¡Cuánta razón tenía!
A toro pasado, las personas suelen ver que su respuesta era totalmente desproporcionada en ese momento, que no había pasado nada tan grave como para comportarse de ese modo, y mucho menos como para generar sentimientos negativos en personas a las que quieren, o simplemente en personas que se han cruzado con ellas por la vida.
A toro pasado, se dan cuenta de la importancia de la paciencia, de la importancia del parar y pensar, de la importancia del salir de la situación para no llevarla al máximo, de la importancia de la racionalidad en los juicios de las situaciones, de la importancia del amor hacia uno mismo y hacia los demás.
No es fácil a veces no caer en las expectativas y en los juicios subjetivos de las situaciones, lo sé, pero es cierto que si uno siente que se enfada más de la cuenta, o si se lo dicen otras personas, si las consecuencias de esos enfados pueden llegar a implicar la pérdida de relaciones valiosas, recomiendo que la persona acuda a un profesional para que le ayude en la gestión de esas situaciones diarias, ganará en salud y en bienestar y hará ganar a las personas que le rodean. No es fácil, ¡pero se puede!
                                                                                             

¿Qué hace a una persona inteligente emocionalmente?

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“Allí dónde la vida levanta muros, la inteligencia abre una salida” Marcel Proust.

 

Mucho se habla de la Inteligencia emocional, muchos dicen serlo y juzgan que otros no lo son nada. La verdad es que explicar la Inteligencia emocional en un sólo post es no difícil sino más bien imposible, es un tema que recoge muchísima información, pero… por algo se empieza, otros día seguiré hablando del tema.

Es cierto que no todos tenemos las mismas capacidades de Inteligencia emocional, o por lo menos no todos las tenemos tan desarrolladas.

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Las personas que tienen alta inteligencia emocional aplican constantemente ciertos hábitos en su día a día. Algunos de ellos son:

  • Centrarse en lo positivo: Cuando se sienten mal buscan si tienen un problema, si existe se orientan a la búsqueda de soluciones, se centran en sus capacidades más que en sus limitaciones y se ponen manos a la obra. asumen que su vida es suya y que no todo lo que en ella ocurre es negativo.
  • Pensar y mirar hacia delante: Tienen la capacidad de aprender de sus errores aceptándose como humanos y perdonándose por ello, no viven esos errores como algo que sigue hoy en día y que les marcará de por vida. Viven el presente, no están constantemente rememorando el pasado ni ideando el futuro.
  • Rodearse de personas optimistas: Suelen elegir a conciencia a las personas que les rodean, escogen a personas que les aporten confianza, con las que compartir conversaciones enriquecedoras y no mayoritariamente negativas, pesimistas o enjuiciadoras. comparten su vida con las personas con las que pueden ser ellos mismos, con las que se sienten cómodos para expresar lo que sienten, con aquellas con las que encuentran afinidad en la forma de entender el mundo y las relaciones.
  • Marcar límites: Asumen su responsabilidad para garantizar la calma en sus vidas, saben que de ellos depende, que no viene del exterior sino que uno debe colaborar en que el exterior altere cuanto menos. Por ello, son capaces de respetar sus límites, cuando deciden que algo es bueno para ellos tratan de garantizarlo, independientemente de que a otros les parezca o no bien. Saben decir No y lo dicen cuando es necesario, respetan los compromisos que establecen con ellos mismos y con los otros y se dan tiempo cuando lo necesitan. Son educados y considerados, pero sin permitir que crucen los límites que les vulneren. Antes de hablar o de responder impulsivamente tratan de mantener la calma.
  • Elegir en qué invertir la energía: Tienen sus propias opiniones de ellos mismos, de los otros y del mundo y respetan que los demás puedan tener otras opiniones, no juegan a convencer, a criticar ni a manipular, pero al mismo tiempo tampoco permiten que los demás hagan eso con ellos. Deciden en qué invertir su energía emocional y los enfados, la ira o los conflictos no suelen ser sus elegidos. Prefieren invertir su energía en aquellas situaciones que entienden que les suman.11160580_10152880220733131_8677925156218975576_n
  • Aprender de sus pasos y de los pasos de las personas que les rodean: Están abiertos al conocimiento, al aprendizaje, están abiertos a nuevas ideas, escuchan de forma activa aunque también tienen su propio juicio en el cual confían, van aprendiendo conforme les van sucediendo cosas en la vida.
  • Pensar en qué invertir su tiempo: Analizan qué les gusta en la vida, qué les llena, qué les motiva, se lo preguntan regularmente para decidir en base a su propio autoconocimiento. Saben quiénes son, qué les motiva a ellos verdaderamente y por lo tanto se garantizan formas de vivir felices, divertidas y agradables para ellos. Saben que son ellos los que deben dar sentido a su vida y que sólo podrán hacerlo si antes se preguntan qué les mueve personalmente.

 

 

“Una persona inteligente es la que sabe qué hay que decir en cada momento, pero una persona sabia sabe si hay que decirlo o no”.