Cada uno tiene sus goteras…

Mis pacientes muy probablemente conocerán ya esta frase, insisto mucho en ella en consulta, me parece tan cierta que siempre la recuerdo.
Hay muchas personas que se atreven a opinar o incluso a juzgar a otras personas o a otras parejas sólo por la imagen que perciben de ellas, como si eso tuviese que encajar a la perfección con la realidad… Lo cierto es que eso casi nunca suele ser así, la verdad es que la mayoría de las personas guardan para sí mismas sus propios secretos, (o los comparten con el/la psicólogo/a). Muchas personas dan una imagen que luego no coincide con la verdadera realidad de quiénes son, hay infinitas personas que parecen felices y no lo son, personas que parecen fuertes y no lo son, personas que aparentan tener una elevada autoestima pero que luego en realidad se quieren muy poco. 


Personalmente no soy muy partidaria del hablar de los demás, ¿para qué? Se me ocurren muchas mejores maneras en las que invertir mi tiempo y mi energía, además ¡qué sé yo en verdad de la realidad de esa persona?, ¿Qué sé yo de lo que pasa en su interior?
En cualquier caso, aunque lo supiese todo a la perfección acerca de una persona, ¿qué pasa si alguien se equivoca a la hora de tomar decisiones? ¿acaso tú no te has equivocado nunca? ¿Qué pasa si alguien tiene una manera de entender el mundo y las relaciones distinta a la tuya? ¿Es tu manera de entender las cosas la única realmente válida?
Sería bueno que empezásemos a respetar más a las personas, que aprendiésemos a no juzgarlas, a no hablar mal de ellas, a no criticarlas y a no decidir desde nuestro prisma qué es lo que realmente necesitan.
Tendríamos que pensar que en realidad en todas las casas hay alguna que otra gotera, o la ha habido, o la habrá y que por lo tanto, bastante tenemos ya cada uno con lo nuestro como para perder tiempo en hablar de las goteras que los demás tengan. En mi opinión lo interesante es ocuparse de las de uno y sólo intervenir si nos lo demandan, evidentemente siempre desde el respeto, la aceptación y la verdadera empatía, ponernos en la piel del otro desde sus zapatos, no desde los nuestros, (solemos confundir el término).

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